ROTUNDO

por Mercedes Iturrizaga

Este último 5 de noviembre de 2021 Letras Bernáculas estuvo dentro de un templo redondo lleno de palabras. Y no solo las de los integrantes del grupo, ya que las invitadas –uso expresamente el femenino porque esta vez la mayor parte del público fue compuesto por mujeres– nos devolvieron con entusiasmo y crítica sus impresiones sobre nuestros escritos. Fue un abrazo colectivo en una bella sala, después de dos años de ausencia física. En 2020 el encuentro por Zoom fue inesperadamente bueno, puesto que tuvimos una audiencia internacional. Pero este abrazo redondo y real de 2021 fue definitivamente el mejor desde hacía tiempo.

Sin proponérselo, dos lecturas convergieron en lo etnológico, como La historia de las miradas, de Virginia Holzer, que nos abre las rejas del zoológico de Zúrich y –a su vez– a la tragedia humana de la colonización que se esconde detrás de este icónico lugar en la ciudad de Zwingli. A finales del siglo XVIII e inicios del XIX –hace apenas dos segundos en la Historia– fieras y seres humanos exóticos eran expuestos en jaulas, bajo las miradas curiosas y asqueadas de los visitantes. Hoy, algunas señales y decoraciones en el famoso zoo nos invitan a interrogarnos si el mundo ha cambiado mucho desde aquella época o si seguimos viendo a ese Otro con ojos condescendientes y decimonónicos, velados por lo políticamente correcto.

En una línea analítica similar, en El testimonio de Nompacha, Nancy Wiesmann nos cuenta –con un sólido trabajo de investigación– los estertores del pueblo kilme, en la voz de su última integrante. Un pueblo diezmado por los incas y los “hombres con el pelo colgándole de la jeta […] con armas horrendas”, que decide dejar de reproducirse para que sus descendientes no sufran las vejaciones a las que ellos están expuestos. Es una historia en la que sentimos la respiración de la Tierra. Tal vez pensemos en Nompacha y su compañero platónico Sacanay la próxima vez que tomemos una Quilmes.

Milován España nos regaló Partido, relato que tiene como escenario una hacienda en los Andes bolivianos en los años noventa. El partido era la cuota del cincuenta por ciento de la cosecha que los campesinos tenían que pagar por trabajar la tierra a los terratenientes, dueños de las semillas. Y partido es también el juego de fútbol que aún no conoce el protagonista, un niño campesino que vive en contacto con una naturaleza que observa diáfanamente. Con un uso natural de la oralidad a través del léxico y sintaxis prestados del quechua, Milován nos presenta esos dos mundos paralelos –con la cabeza gacha por un lado y los hombros subidos por el otro– que se rozan solo para darse cuenta de que son distintos, que son “de otra raza”. La discusión giró en torno a si hoy en día en Bolivia se sigue dando esa situación. Se quedó mucho en el tintero.

Ilusión de la existencia del ojo, de Ángel Zulueta, nos hace sentir el binomio tiempo-espacio dentro de nuestro punto de contacto más pegado a la tierra: los pies. La materialidad de unos pies que se coordinan por inercia y pisan la tierra en una noche “oscura, larga, sin estrella alguna” dejando huella sin dejarla. Esa noche larga pueden ser días o años, según el sentir del-la lector-a. Y esos pies son aquellos de todos los que transcurren un camino –o el tiempo– hasta regresar al punto de partida, porque “cuando entonces me fui / de todo me fui yendo / irme fue la forma pura y única del regreso”. Estos últimos versos nos impactaron, a nosotros, gente de otro sitio.

Por mi parte, con los versos Verano en el Jura, quise presentar mis observaciones e interrogantes sobre nuestra relación con la vaca, una figura fundamental en el rompecabezas rural suizo. Durante la pausa conversé con algunos participantes sobre la industria lechera en Suiza, que hoy en día es un desafío para los campesinos y que nos desarma el cuadrito de pintura naíf que se vende en los quioscos de recuerdos helvéticos. Mi segunda lectura, Lady Sofía, narra cinco minutos de pausa en la agitada vida de una mujer madura latinoamericana que limpia casas en Suiza y que tiene, sin saberlo, el poder de maravillarse. Esa actitud conlleva la esperanza, incluso dentro de una vida marcada por la ausencia de niñez y magras perspectivas.

Tierra Gaucha dio gusto a nuestras papilas con sus tradicionales empanadas, alfajores y vinos, redondeando así la experiencia sensorial. En definitiva, fue un evento rotundo. Pronto empezaremos a trabajar en el próximo encuentro, en el que celebraremos otra redondez: nuestro décimo aniversario de existencia como grupo literario. Seguidoras, seguidores, ¡mil gracias por su fidelidad y compromiso! La crítica nos lleva hacia adelante y nos anima el corazón su presencia.

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